Los hay de todos los colores y para todos los gustos. En todos los idiomas y en distintas culturas. Se manejan hacia el centro, la derecha o la izquierda, pues los hay de todos los caminos y tendencias. Los hay independientes y estrictamente dependientes. Honestos y mentirosos. Serios y cómicos.

Los hay “patriotas” del bolsillo sediento y patriotas de esos que no necesitan levantar bandera para demostrar el verdadero respeto hacia la celeste y blanca.

Los hay a favor y en contra. Amantes del debate y seguidores del “talk show”. Críticos y mediocres. Sumisos y arriesgados. De larga trayectoria y novatos. Democráticos y Dictadores. Respetuosos y sin escrúpulos.

Algunos se desempeñan en los lugares más grandes y reconocidos. Otros, bajo el ala del gobierno de turno. Mientras tanto, otros un poco más modestos lo hacen desde su individualidad con un fuerte sentimiento de compromiso.

Más bajitos, más altos, más formales, más bohemios, el abanico de posibilidades que tenemos es cada vez más amplio. Los hay cultos e ignorantes. Con tacto y sin él. Pueden crear poesía al mismo tiempo que una sentencia de muerte. La pluma, el micrófono, el teclado, son algunas de sus armas, pero la palabra es la más letal.

Se encuentran en un papel, en un LCD y hasta en un iPod. Se hacen leer, ver y escuchar. Algunos licenciados, otros de oficio y de corazón. No importa la insignia, importa la calidad.

Están por todas partes, aunque algunos no lo noten. Muchos buscan la verdad, otros simplemente se tiñen de amarillo. Se dice de una buena parte que son empresarios, se dice de otros tantos que son meros soñadores. No podemos quejarnos, pues hay para elegir, aunque nos quieran hacer entender lo contrario.

No nos cerremos, hay superabundancia de oferta. Dejemos de lado el comentario barato de ruleros en la vereda. No somos todos iguales. Aceptemos que hay una gran gama para elegir… y ya sabemos: en la variedad está el gusto. Vayamos escuchando, leyendo, periodistas sobran. Falta, sí, gente que sepa apreciarnos verdaderamente y entienda que cuando hablamos de libertad es justamente la celebración de esta multiplicidad de personalidades, de facetas, de calidades. Esa misma libertad es lo que nos permite elegir qué y a quién leer. Que eso no nos falte nunca.

Feliz Día a todos mis queridos colegas.
Sigamos luchando por la pluralidad de voces que es lo que enriquece el debate y la vida en sociedad.

Silvina Rodríguez Gáspari

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Si aprendí algo muy bien en estos 28 años de “vida útil” es que cada persona es un mundo y que cada uno tiene sus propios mambos. No es ninguna novedad, claramente. Sin embargo, es algo que me viene dando vueltas en mi cabeza a modo de maquinita incesante. Y como ya he dejado plasmado en más de una oportunidad, no paro hasta que no escribo aquello que gira cual carrusel entre mis neuronas. Así que hoy tengo ganas de hablar de algunos de estos desquicies mentales que tenemos los seres humanos.

1. El espejo femenino. La distorsión más grande de todos los tiempos. Hace unos días hablaba con una amiga sobre este tema. Resulta que, como muchas mujeres, al pararse frente al espejo, en lugar de ver lo que el mismo refleja ve una imagen que sólo está en su mente, algo cuasi imposible de entender para los que miramos desde afuera. Tras una larga charla, ella entendió que ese pensamiento forma parte de una obsesión muy arraigada a nivel familiar. En fin, este mambo se vuelve un tema recurrente a la hora de socializar y pone al resto en una situación de confusión constante. No se sabe si se busca confirmación o si es lo único que interesa a esa persona, por lo que las ganas de profundizar del receptor se desvanecen a medida que el emisor cuenta calorías.

2. Solo a los 30. El afán de agarrar lo primero que se cruza en el camino. Muchas personas confunden no estar en pareja a determinada edad con soledad. Permítanme decirles que si bien es algo muy lindo poder compartir las vivencias con alguien más, el hecho de que no encontremos a ese alguien no supone que estamos solos y desdichados en el mundo. Lamentablemente, no todos lo entienden así, y aquí aparece el mambo de “30 y solter@”. Entonces, ¿qué pasa? LA DESGRACIA! El primer individuo que osa caminar cierto día por nuestra vereda se convierte en “esa persona”. Ahora, ¿por qué la desgracia? Porque si bien muchas veces puede resultar magnífico, otras tantas la desesperación juega una mala pasada y cual manotazo de ahogado agarramos cualquier cosa. Después nos sale más caro el remedio que la enfermedad. Por ende, creyendo solventar el mambo de la soledad, nos generamos uno nuevo: “qué hago con esto!!!???”.

3. Mamá FOREVER. La crisis del cordón. Ladies and Gentlemen, acá tengo un máster. Me sobran ejemplos de seres que necesitan a sus progenitores hasta para ir al baño. Quizás esté relacionado con la crisis de los 30 y en lugar de agarrar lo que venga se quedan con mamu para ir a lo seguro: amor por siempre. JA! El problema de los individuos con este tipo de “mambo” es que o suelen buscar personas que cumplan el rol de quien los llevó en su vientre nueve meses (algunos parecen todavía estar allí) o directamente no pueden estar con otra persona que no sea mamá. Ojo, también corre por cuenta de las mujeres que buscan a su padre en las relaciones de pareja, como también existen quienes necesitan de la aprobación de mamá para tomar una decisión. Pasa que, sin ánimos de tornarme feminista, he notado que es un problema mayormente masculino. ¿A qué nos lleva este mambito? A nada!!! O, peor aún, a esa situación de vacío y soledad que sienten muchos del mambo 2. Porque, mis queridos amigos, sepan que esto no seduce PARA NADA!!!

4. No sé qué quiero ni cómo lo quiero. La insoportable levedad del ser. Uuffff…. Si de mambitos se trata, este es un mambón (sí, me gusta inventar palabras). Aquí tenemos a un alto porcentaje de la población mundial. Continuando con la línea de las relaciones humanas, es muy cotidiano que las personas no sepan a dónde ir ni qué elegir en la vida. Relaciones de años de convivencia se convierten en un camino ambiguo. Nadie sabe lo que quiere y eso trastorna más al otro. Entonces… ¿Qué pasa? Todos los mambos anteriores se mezclan. Quien recibe los comentarios de su pareja perdida que no sabe lo que quiere se vuelve un ser inseguro, comienza con el espejo, sigue con la soledad y termina en brazos de mamá! Qué problema, no? Y sí, no saber lo que queremos nos puede llevar a muchos lugares diversos, pero incontables son los espacios a los que podemos trasladar a los otros seres con nuestras confusiones y/o delirios místicos sobre la vida y lo que esperamos de ella.

Así estamos, todos locos. Pero bueno, ¿qué sería de la vida si estuviésemos todos cuerdos??? Por mi parte, gritaría cada dos por tres “me aburroooo”. Son justamente los mambos mentales (en su buena medida, ya sabemos lo que pasa con los excesos) los que le otorgan ese condimento especial a nuestros días. Gracias a ellos hacemos el ejercicio de la reflexión, ponemos pausa, revemos nuestro modo de actuar y volvemos a empezar con más pilas, con ganas de mejorar por y para nosotros, pero también por y para los demás. Al menos así justifico mi locura y le encuentro su arista útil, no los convencí? Ja!

Sigamos siendo locos, aprendamos de nuestros errores, pero no nos creamos que alguna vez se termina. Siempre se vuelve a empezar, para bien, para mal. Lo importante es levantarse y lograr que cada cosa que nos pase nos vuelva más fuertes y conscientes de que a pesar de tener nuestros mambos somos capaces de manejarlos y utilizarlos para renovarnos :)

Feliz Comienzo de Semana a todos los loquitos como yo que tienen uno y mil mambos más! :D

Silvina Rodríguez Gáspari

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Como ustedes ya sabrán, muchas veces mis reflexiones radican en acontecimientos que exprimen mi cerebro durante horas y no me dejan dormir. Hoy no es la excepción, dado que sucedió algo a nivel mundial que no logro entender. Quizás alguno pueda darme una explicación más contundente de la que los medios ofrecen o tal vez mis neuronas hayan decidido jubilarse y nunca lo comprenda.

La muerte de Bin Laden resuena en mi cabeza desde el instante en que fue confirmada. No sólo porque para muchos no es “creíble”, sino porque, sobre todas las cosas, me cuesta mucho entender cómo se puede alcanzar la paz a través de las armas. Es un camino que no comparto y no consigo vislumbrar como exitoso.

En este mundo tan tecnológico, avanzado, donde a veces sólo estamos a un “click” de distancia parece que la evolución ha llegado sólo a ese ámbito, al de las máquinas. Porque la involución que sufre el hombre con los años me parece terrible. Para ser más gráficos, remontémonos nada más y nada menos que a la famosa “Ley del Talión”. Gente, eso data de períodos antiguos, más precarios, donde se instauraba la venganza como la mejor forma de resarcir daños. ¿Es realmente válido que hoy, en Mayo de 2011, se produzca lo mismo que hace miles de años atrás? ¿Hacia dónde estamos yendo?

Sinceramente me resulta difícil responder esos interrogantes. Me aterra sólo pensar cómo nos vamos desmoronando, cómo mucha gente se preocupa por el fin del mundo vaticinado para el 2012 y no se dan cuenta de que el fin de la humanidad es esto, es la destrucción constante que promueve el hombre cuando crea más armas nucleares, cuando el único castigo viable es la muerte, el secuestro, la posesión de tierras ajenas, el desprecio, el hambre, el egoísmo. La mayor miseria que sufrimos como seres humanos es no poder hacer nada para detener todo esto. No esperemos que aparezca flotando la Estatua de la Libertad o que estalle el Big Ben. El fin es este maltrato que experimentamos en el día a día, en el no cuidado por todos los seres vivos, en la construcción de artefactos tóxicos, en el individualismo y la masacre diaria.

Sé que todos soñamos con un mundo mejor o, al menos, es lo que yo siento. Quizás sea muy utópico mi planteo, pero no por ello me parece imposible. Hoy escuché al presidente de los Estados Unidos hablar de “prosperidad”, “patriotismo”, “igualdad”. Bellas palabras para un mundo mejor. Las comparto, las siento, las deseo. Lo que no comparto y es ahí donde para mí se pierde todo sustento es la forma de llegar a ello. Porque si la igual está librada a la muerte, entonces prefiero la desigualdad. Si el patriotismo es tomar un pueblo y bombardearlo, entonces prefiero ser traidor a la patria. Si la prosperidad significa avanzar pisoteando cabezas sin importar nada, entonces prefiero quedarme estancada. Perdón, pero no puedo justificar la muerte. NUNCA. Ninguna matanza redime y mucho menos es justa.

Ojalá algún día alguien encuentre la fórmula para demostrar que a la paz se puede llegar de cualquier manera que no sea precisamente con la muerte como medio. Serán delirios de una joven periodista…. o, tal vez, sueños de una persona que aún cree que todo es posible.

Soñar no cuesta nada, gente. Hacer es lo que cuesta. Pero también dicen que lo que cuesta es lo que realmente vale, no? Sería muy interesante ponerlo en práctica. Desearía vivir para verlo…

Silvina Rodríguez Gáspari

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Sin ánimos de volverme reiterativa vuelvo a indagar sobre este “temita” que cuasi protagoniza el escenario mediático durante los últimos días: la libertad de expresión. Sucede que esta vez me ocupa y preocupa cómo muchos ciudadanos de este país que sufre desde hace unos años diversas intimaciones a la prensa (por favor, no olvidemos el Observatorio de Medios, allá por el año 2008, que, bajo la premisa de “hacer reflexionar sobre los contenidos”, intentaba convencernos de que la idea fundamental no era la de “controlar” al periodismo) se desviven por ensalzar a figuras que lejos de contribuir con la pluralidad, se esmeran por destruir las voces discrepantes para transformar el universo informativo en una única voz, la denominada “oficial”.

De esta manera, se celebran actos en nombre de nuestra pobre y ya apedreada libertad de expresión que no corresponden para nada con su verdadera esencia. Se otorgan premios a censores y se permite que se insulte al periodismo en su propio hogar. Es en ese momento cuando me pregunto cuál de las dos opciones voy a elegir: ¿Me río por las paradojas argentinas o me pongo a llorar por el triste rumbo que va tomando todo en este país? Realmente me resulta difícil definir cómo voy a dejar fluir mis emociones en este caso, puesto que siento una profunda decepción, un dolor muy grande al ver cómo personas que han transitado a mi lado el camino universitario hoy aplauden y enaltecen por demás a seres que no hacen más que burlarse de nosotros, que hablan de monopolio cuando, en materia de comunicación, desde hace cuatro años se premia a las mismas caras oficialistas; cuando esa misma gente que habla de dictadura se ha dedicado en su propia tierra a cerrar medios, a perseguir a los que informan “lo que no es conveniente”, esos que “opinan distinto”, para que sólo exista una sola forma de tener acceso a las noticias, a lo que aparentemente ocurre. ¿Eso qué es? Por favor, que alguien me explique porque evidentemente tengo pronunciadas falencias en mis conceptos de monopolio y dictadura. O, mejor, ahora que lo pienso bien, voy a esperar un poco. No van a faltar los manuales educativos que nos enseñen estas cosas, seguramente sean celestes y blancos –vieron que ahora competimos con los de arriba para ver quién es más patriota y a todo le ponemos la banderita-.

En fin, así estamos. Un amigo hace unos días recordó a nuestra querida María Elena Walsh y la verdad es que no puedo dejar de citarlo. Es realmente éste el reino del revés, en donde en nombre de la libertad se premia a un señor bastante autoritario que declara vivir en donde “…reina la más grande libertad de prensa, de expresión y de pensamiento…”. Repregunto: ¿Me pongo a llorar o simplemente me río? Calculo que la segunda opción es la más efectiva, puesto que las incoherencias en cierto punto tienen su tinte gracioso.

Silvina Rodríguez Gáspari

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Desde hace ya un tiempo considerable vengo pensando acerca del ejercicio de la libertad de expresión. En varias ocasiones me he replanteado si la palabra libertad dentro de esa frase verdaderamente condice con lo que ofrece nuestra realidad.

Mi paso por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social hizo que ese planteo se hiciera más fuerte, pues con más herramientas uno puede bosquejar muchos más pensamientos. A medida que fui creciendo tanto en el ámbito universitario como en el laboral, fui comprendiendo que el funcionamiento de algunas cuestiones es sólo fiel a su preámbulo escrito, puesto que en la práctica muchos hechos dan cuenta de su quiebre.

Lo que pasó ayer no hizo más que aumentar un temor que venía sintiendo por el peligro que corrían algunas libertades. Peligro de desaparición, como parece que quieren hacer con la libertad de expresión, de debate, de pluralidad, de elección. Peligro de libertinaje, de hacer y de deshacer en beneficio de unos pocos y en detrimento de quienes luchan por un país transparente, sin trabas, sin “bloqueos”. Peligro de confusión, galardonando con todos los honores a personajes que no hacen más que estar en contra de la real, única e inigualable libertad de expresión, intentando en esta obnubilación querer copiar un modelo extranjero que no se ha cansado de contribuir al individualismo y al cese de las opiniones distintas.

Señoras y señores, entiendo que los periodistas no somos bienvenidos en todos los hogares. Mucha gente ha adoptado la costumbre de culpar a la prensa por todo lo que sucede, encubriendo así a los grandes verdugos. A ver, no voy a canonizar a ningún comunicador porque nadie lo merece. Somos todos seres humanos, y, como tales, cometemos errores. Pero tenemos algo que nos caracteriza y nos enorgullece: pasión por lo que hacemos. Por eso, silenciarnos es meterse con nuestros sentimientos más profundos. Detrás de cada escrito hay una mente entusiasta que dedicó quizás horas pensando y repensando la palabra justa, el contexto apropiado, y, por supuesto, la mirada del lector, ese receptor que dará su veredicto, quien levantará el pulgar cual Facebook para indicar un simple “me gusta” o meramente esbozará un gesto de desacuerdo. Para todos ellos escribimos, para los que piensan como nosotros, para los que tienen ideas opuestas, para los que buscan el debate, para los que se quieren quedar pensando, para los que levantan banderas, para los que no, para todos. Porque esa es una de las garantías de la libertad de expresión: la pluralidad.

Entonces me pregunto, si muchos se jactan de que contamos con la gracia de vivir en un país puramente libre… ¿Por qué seguimos sufriendo atentados contra nuestra libertad de opinar, de informar, de distribuir los medios gráficos? ¿Por qué se condena al que piensa distinto? ¿Por qué nos quieren decir qué leer, qué mirar, qué escuchar? Lo sé, parezco un infante lleno de interrogantes, pero es que no puedo evitarlo. Los hechos me llevan a esto. Me duele estar viviendo una falsa democracia, me duele tener que pensar mil veces lo que quiero publicar por miedo a ser censurada.

Actualmente no trabajo para ninguno de los dos medios que ayer sufrieron ataques, pero puedo entender perfectamente cómo se sintieron. Es como si alguien me arrebatara la computadora cuando estoy redactando y me la tirara a la basura. Como si alguien abusando de la “libertad de manifestación” pisoteara mis ideas. Como si alguien se llevara mi voz.

No quisiera hacer de esta nota un debate político. No me interesa culpar a nadie. A veces el silencio habla por sí solo y si quienes nos deberían haber defendido eligieron callar y no actuar en su momento por algo será. Sólo quiero pedir a mis queridos lectores, que tengamos conciencia, que abramos los ojos. Alguien que trabajó en un periódico y que se encuentra en situación de conflicto con el mismo no va elegir como método de protesta patotas de matones y, mucho menos, abolición de la libre circulación. Un verdadero periodista boga por la diversidad de opinión y de información. No nos dejemos engañar más. Ya casi tenemos estipulado el horario en que no se puede salir del hogar por la creciente inseguridad diaria. No dejemos que ahora nos impongan qué diario leer y qué canal ver. Que esto sea posible depende pura y exclusivamente de cada uno de nosotros.

Silvina Rodríguez Gáspari

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